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viernes, 17 de febrero de 2012

EL GRAN DICTADOR (THE GREAT DICTATOR)


SINOPSIS. Dirigida y protagonizada por el mítico Charles Chaplin en 1940, “El gran dictador” nos presenta la historia de Tomania (representación satírica de la Alemania nazi) gobernada por el dictador Astolfo Hynkel (Charles Chaplin), personificación de Hitler, y sus adláteres (parodia de los jerifaltes alemanes) Herring (Billy Gilbert) o Garbitchs (Henry Daniel), representaciones de Hermann Goering y Rudolf Hess. Por otro lado, en la misma Tomania vive como barbero un judío, ex soldado de la Gran Guerra, con un notable parecido al dictador, obligado a ganarse la vida en aquel régimen totalitario al tiempo que el desarrollo de los acontecimientos políticos prebélicos va cambiando la posición internacional del país. El juego de parecidos entre los dos protagonistas da lugar a un trepidante final.


LO MEJOR DE LA PELÍCULA. Aunque esta suerte de filmes son desgraciadamente habituales, las contiendas bélicas siempre han presentado al cine como valladar de sus justificaciones políticas. Desde los años previos hasta las postrimerías de la misma, la Segunda Guerra Mundial ha sido la primera y más fructífera época para el cine propagandístico, siendo “El gran dictador” la mayor representante de todas ellas. Con todas las buenas y malas connotaciones, el hecho de poder ver cine producido en los años de la contienda en la que este blog se ambienta es algo que la mayoría de las producciones no puede ofrecer, por razones obvias. Es precisamente ese aspecto de creación interna el aliciente de raíz de esta película, al margen de la celebridad que tiene por protagonista, aun sin ser su mejor obra. A pesar de la famosa escena de Astolfo Hynkel jugando con la bola del mundo, merece una mención siquiera la escena del barbero judío afeitando a un cliente al ritmo de “La danza húngara nº 5” de Brahms. De las pocas escenas que se salvan.


LO PEOR DE LA PELÍCULA. A pesar de tratarse de una comedia, el sentido del humor que emana, por el que tantos elogios recibe, resulta cansino, burdo, absurdo y gratuito. Contadas escenas se salvan, a pesar de la fama que sustenta a “El gran dictador”. Y es que a pesar de la época de guerra en que fue rodada, el año 1940, ello no justifica ni de lejos la suerte de humor que se utiliza como relleno en la cinta resulte burdo: las peleas de sartenes, por ejemplo, quizás causarían gracia al público lego pero no a las mínimas exigencias de contenido de un cine de calidad. Se trata de un sentido del humor carente de creatividad, ni siquiera en su época, dado que evoca claramente una gracia explotada en gran medida por Stan Laurel y Oliver Hardy casi 10 años antes: imágenes aceleradas, carreras absurdas, caídas sin sentido, etc.. La guinda a ese cansino humor la pone el sobreexplotado, hasta la extenuación, alemán fingido del que Chaplin hace uso.


COMPARACIÓN. El parecido más evidente, sin ningún género de dudas, es la 63 años posterior “Hitler: el reinado del mal”. Obviamente, esta última no se circunscribe en el ámbito temporal en que Chaplin sacó a la luz su película, lo que no le impide a aquella abusar de la tergiversación, la mentira y la manipulación de una forma absolutamente descarada y sin contemplaciones, más incluso que la obra propagandística de Chaplin. El paso de los años, como en muchas otras ocasiones en las que se reedita un clásico, no ha supuesto una mejora, sino todo lo contrario. La sátira es entendible en el cine de propaganda, en el cine moderno evoca otro tipo de intenciones ínsitas que al espectador pueden resultarle cansinas a la par que alejadas del rigor histórico.


HISTORIA. “El gran dictador” es, como se ha mencionado más arriba, la producción señera por su fama de una serie de películas cuyo propósito era justificar, con mayor o menor sustento histórico y político, las decisiones gubernamentales del momento así como el enaltecimiento y elevación de los pueblos contendientes. En ocasiones, como es el caso, el único pretexto era denostar al enemigo (aunque en 1940 aún no lo era), aunque históricamente es algo controvertida la realidad que nos presenta.

En lo que al cine propagandístico se refiere, no puede pasarse por este ámbito sin mencionar a los auténticos especialistas, y pioneros, en la manipulación del público en pro de sus ideas, como lo fue el bando bolchevique, consciente del poder de la gran pantalla. Ya en la década anterior a las mayores producciones Aliadas o de la Alemania nacionalsocialista, los bolcheviques sorprendían al mundo con su producción “El acorazado Potemkim”, que narra la historia de los marinos de dicho barco que, hartos del trato que se les dispensa por los altos oficiales, deciden rebelarse. Con un desarrollo arrítmico y tortuoso así como con una técnica cinematográfica desastrosa, aunque innovadora por momentos, a base de ciertas imágenes y expresiones los productores lograron el fin que se habían propuesto: una pura exaltación del fervor revolucionario y del ideario comunista. Tal fue el éxito en este punto de la película que su reposición se hizo habitual en el bando comunista durante la Segunda Guerra Mundial. Otro dato que permite denotar su buen nivel cualitativo fue la notable admiración que causó en años siguientes en ciertos personajes políticos de la época, entre Gauleiter de Berlín por entonces Joseph Goebbels.

Como ya se ha indicado, “El gran dictador” es el referente de cine propagandístico en el bando aliado, aunque existen muchas otras producciones de menor relevancia mediática (como “Confesiones de un espía nazi”). Todas ellas, especialmente las americanas, arrastraban el peso del espíritu masónico y de los círculos influyentes del sionismo mundial, cuya pretensión era únicamente crear películas con el pretexto de difundirlas mundialmente, por pésimo que fuese su contenido. He aquí que, Chaplin, miembro del Consejo Judío Mundial, se vio abocado a crear una de sus peores obras por las presiones para su finalización.


Por su parte, los alemanes tampoco se quedaron atrás en lo que a cine propagandístico se refiere, aunque es preciso señalar que el cine alemán no se manejaba en las estrecheces presupuestarias de sus contemporáneas dada la existencia de grandes productoras como la UFA. Además, el propio ministro Goebbels (quien afirmaba que “el cine debe ser popular en el mejor sentido de la palabra”) apoyó personalmente la creación de la Cámara de Cine del Reich y el Banco de Crédito Cinematográfico para quienes quisiesen crear una película pero careciesen de medios. Asimismo se crearon unos premios nacionales de cine con diversas categorías de premios, una de las cuales era la de “interés político”, grupo en el que entraban las películas propagandísticas. En este último destacó, la directora Leni Riefenstahl cuyo talento creador originaron una de las producciones propagandísticas señeras de aquella Alemania: “El triunfo de la voluntad”.

Por lo demás hay que hacer notar el de por sí sugestivo título del film: “El gran dictador”. Tomar este título como aseveración histórica supone una visión falseada y sesgada de la realidad política del momento. Más aun cuando hay quienes se toman el contenido de esta comedia propagandística como fiel reflejo de los acontecimientos de aquellos años. Astolfo Hynkel, desde prácticamente el comienzo de la película, aparece como un cruel dictador, un político botarate y negado políticamente. Algo que, en ningún caso se compadece con la real imagen del Führer de Alemania. Porque una de las diferencias entre el protagonista del film y Adolf Hitler, la más relevante, es que este fue aupado a la Cancillería por los medios legales y democráticos el 30 de enero de 1933, y su presunto carácter dictatorial y represor, lo mismo que su deformada oratoria, es falso. Así lo constata el hecho de que el Presidente Hindenburg no derrocase a Adolf Hitler, facultad que ostentaba según la Constitución de Weimar pero que en ningún momento ejerció hasta su muerte en agosto de aquel año. Es más, de acuerdo con lo anterior, la reforma legal que amparó la progresiva centralización de poderes en el Gobierno de Hitler tenía base legal toda vez que el incendio del Reichtag, el 27 de febrero de 1933 constituía un hecho de tal gravedad que justificaba un estado de excepción. Hindenburg no se opuso puesto que, además, se había constatado que el inciendio había sido provocado por Marinus van der Lubbe, autor confeso del delito, un miembro del Partido Comunista, especialmente defenestrado electoralmente y en su persistente búsqueda de un proceso revolucionario que llevaron a aquel extremo. Sean cuales fueren las circunstancias en las que se movía el país, Hitler no dejó en ningún momento de comparecer en el Parlamento alemán hasta bien avanzada la guerra, a diferencia de otros políticos democráticos, como veremos.



No se habla abiertamente de dictadores pero sí merecen una referencia las medidas adoptadas por los países, en teoría, democráticos como lo eran los Aliados, obviando la dictadura endogámica de la Unión Soviética, claro está. Por su parte, en Estados Unidos Roosevelt aprobó una ley a mediados de los años treinta una ley de concentración de poderes, de dudosa constitucionalidad, por la que la figura del presidente asumía amplias facultades y bajo cuyo amparo asumió la conducción del país en posicionamiento prebélico, la colaboración con los británicos, el bloqueo a Alemania, la entrada en la guerra, etc. decisiones muchas de las cuales debía, por obligación constitucional, someter al Congreso.


No se quedó más corto, en ese sentido, Winston Churchill quien, una vez elegido para dirigir el gobierno como Primer Ministro, el 10 de mayo de 1940, transformó su gobierno en un gabinete de coalición en el que él precisamente venía a ser la clave de bóveda entorno al que los demás miembros se movían. Además, en el seno del mismo gobierno, Churchill creó un gabinete de guerra en el que, aun contando con la presencia de representantes laboristas y conservadores (como el anterior Prime, Chamberlain), era precisamente Churchill quien daba órdenes y adoptaba decisiones. A ello hay que añadir que todas estas reformas las adoptó sin consultar al Parlamento y que, aprovechando la coyuntura, se arrogó en su persona los cargos de Ministro de Defensa, Presidente del Consejo, además de dirigir mediante decisiones personales el Estado Mayor de la Marina, el Ejército y el Almirantazgo. A pesar de no ser una dictadura formalmente, hay que considerar que ni el propio Hitler había ostentado tantos poderes directos. Cabe señalar que los británicos se habían mostrado críticos con el Prime de la Gran Guerra de 1914, sir Lloyd George, por el hecho de no haber comparecido en el Parlamento apenas durante la contienda. Pues bien, aunque la Cámara de los Comunes seguía siendo la institución suprema y sagrada de la vida política británica, Churchill no se presentó ante ella sino apenas un par de ocasiones y sólo para pronunciar algún que otro discurso de autocomplacencia. Aunque para hacerlo precisaba de aquella Cámara, con la cantidad de poderes que había conseguido acumular sin la intervención de la misma (más que ningún otro en la historia parlamentaria de Inglaterra) no le era necesario; eso sí, teóricamente no se trataba de una dictadura ni un gobierno autoritario.



Quizás pueda entenderse que el quebranto que supone esta cinta para con la Historia es menor desde el mismo momento en que se trata de cine propaganda; no obstante, es preciso tener presente que, a pesar de todo, muchos de los axiomas denigratorios que fueron utilizados deliberadamente en “El gran dictador” han sido reciclados en películas posteriores casi como verdades inatacables; una zafia treta y de repercusión considerable dado que consigue que se tomen como verdades acontecimientos históricos pero que, en puridad, no lo fueron o, por lo menos, en ese mismo nivel.


APARTADO TÉCNICO. Llegados a este punto cabe reconocer cierto mérito a “El gran dictador” dado que la aun joven guerra unida a los bajos presupuestos con que se pretendían realizar estas películas no permitían grandes florituras. A ello hay que añadir la circunstancia de que Tomania, aunque con un pretencioso símil con Alemania, es un país imaginario, circunstancia que excusaba aquella carestía y posibilitaba deslices imaginativos como la adaptación de las camisas marrones a las Fuerzas de Asalto del partido de la doble cruz que mandaba en Tomania.. Las armas que aparecen son, en su mayoría figuradas, como las ametralladoras Maxim o Vickers que se muestran en el periodo de la Gran Guerra. Otro de los pocos elementos que aparecen son los cañones montados sobre vías férreas o Eisenbahn, que los alemanes crearon durante la Primera Guerra Mundial, con el objeto de dar un nuevo impulso a la estanqueidad de los frentes y acometer puntos concretos de la retaguardia enemiga; los Eisenbahn serían los padres del cañón Dora alemán de la Segunda Guerra Mundial, un cañón de 800 milímetros de calibre, la más grande pieza de artillería jamás construida. Puede observarse, en una divertida escena, como irrumpe en la trama un avión monoplano así como alguna que otra pieza de artillería antiaérea.


ERRORES. No procede hablar de errores, strictu sensu, en una película que, en primer lugar, tiene por finalidad la de ejercer una labor propagandística en plena guerra y, en segundo lugar, cuando su base argumental se cimenta en un país pseudo-imaginario; hay que tener presente que, en todo caso, supone exceso castigo hablar de errores abiertamente dado el agravio comparativo que las circunstancias de su producción supondría en relación con películas más recientes. Sin embargo, pese a todas las circunstancias advertidas los errores o, si se quiere, desatinos son varios. Hay errores de lógica que resultan curiosos: así, por ejemplo, la escena en que las Fuerzas de Asalto se apropian cuidadosamente de la mercancía de las tiendas para, acto seguido, arrojarla violentamente a los ciudadanos. Por otro lado, y teniendo presente que Tomania es la representación cinematográfica de Alemania, se habla abiertamente de represiones y exterminio de judíos así como de campos de concentración para aquellos cuando la película fue estrenada en el año 1940 cuando, por ejemplo (y tomando las referencias históricas oficiales) ni siquiera Auschwitz estaba operativo como tal (faltaba casi un año) ni se había producido la supuestamente decisiva reunión de Wannsee en la que la Historia oficial sitúa la conocida como “Solución final” (dos años restaban aun).

En verdad, la versión original, no habla de “campos de concentración”, sino de “campos de reclusión” o “campos de internamiento”. Bien pudiera pensarse que estas dos últimas expresiones de cobertura son sinónimo de la ocultada, pero no lo es, o no parece serlo, puesto que un amplio sector de la doctrina historicista académica prefiere, de un modo fútil, discernir entre los campos “de concentración” alemanes y los campos “de internamiento” americanos para japoneses, por ejemplo, pese a tener prácticamente idénticas condiciones para los internos.

Como curiosidad, es menester señalar que, en el discurso final el orador hace alusión a la causa judía al amparo de un versículo de la Biblia correspondiente a una carta de San Lucas incluida en el Nuevo Testamento (el judaísmo sólo reconoce el Antiguo).


También es digno de señalar el Dictador de Napolitania quien, como trasunto de Mussolini en la película, ostenta una envergadura exagerada.


LA FRASE. “El camino de la vida puede ser libre y hermoso pero lo hemos perdido; la codicia ha envenenado las almas; ha levantado barreras de odio; nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas; hemos progresado muy deprisa pero nos hemos encarcelado nosotros; el maquinismo crea abundancia pero nos deja en la necesidad […] esas personas son víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. Los dictadores son libres pero sólo ellos: esclavizan al pueblo […] todos a luchar para liberar al mundo, para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición e intolerancia. Luchemos por el mundo de la razón”. (Discurso final del barbero).

Inspirado discurso que pone fin a la película pero que no es más que, como cabe de esperar del cine propagandístico, una oda la demagogia grandilocuente y un monumento a la hipocresía. De lo primero da buena fe cada una de las palabras que emplea así como la carga de expresividad con que marca cada una de ellas, haciendo hincapié en pomposos vaticinios de modo enfático. Lo hipócrita de sus palabras no es preciso siquiera hacerlo notar, pero es dudoso que si el mismo Chaplin tuviese la oportunidad de observar el verdadero discurrir de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, las supuestas democracias pactando con dictaduras, el orden surgido del conflicto, el catálogo de guerras surgidas tras “la guerra que supondrá el fin de todas las guerras” así como el mundo repleto de penurias e injusticias que, 80 años después, “disfrutamos” no solamente se abstendría de incluir ese discurso final sino que, en buena ética, renegaría de esta cinta. Su “mundo de la razón”, por lo de pronto, ni se ha visto ni se le espera.


PARA QUIEN. Es una película cuyo sobrenombre ha rebasado todas las fronteras por ser de las pocas que han pervivido con una visión interna del conflicto. Es recomendable para todo tipo de públicos, pero teniendo presente esa circunstancia de la que constante mente se advierte: es cine propagandístico. Por lo tanto, no merece la pena por su contenido histórico; tampoco por su cariz de comedia porque su humor tiende a resultar plúmbeo y repetitivo, a la par que absurdo en muchos momentos. En resumen, su interés se ciñe a la curiosidad del hecho de que se trata de cine de época.


VALORACIÓN. El ardid cinematográfico de “El gran dictador” es, sin duda, la presencia de Charles Chaplin quien, en su papel de Astolfo Hynkel, muestra una gran creatividad escénica, pese a los fallos de la película, como lo prueban las inolvidables imágenes de su personaje danzando con la bola del mundo evocando esa presunta ansia de conquista mundial de Hitler. Al tiempo, se ofrece al espectador la oportunidad de vislumbrar el cine propagandístico en su más radical versión, es decir, aquella en la que se pretende no una sibilina crítica del enemigo sino un descarado propósito de dar la imagen que se quiere de aquel y no la que realmente es. Cierto es que Chaplin hizo una apuesta valiente al implicarse tanto en una crítica mordaz al nazismo pero que pese a todo no cabe olvidar que su país no estaba en guerra entonces, lo que mediatiza su coraje. Pese a ello, la fama mundial alcanzada por esta película es indiscutible y, en la misma medida, merece la pena un atento visionado a la misma.

7 comentarios:

  1. Una película que no deja indiferente, ya sea por su finalizar de mostrar lo agónico que resultaría ser doblegado po un régimen que ya era el claro dueño de Europa en la época en que se rodó, ya fuera por dar pábulo al sionismo que veía, con razón, cómo la Alemania nazi se iba corvintiendo por momentos en el peor enemigo de lo hebreo.

    Sea cómo fuere, con mejor o peor fortuna, ha pasado a ser uno de los referentes de la historia de la cinematógrafía y creo que junto a otras obras más memorables de Chaplin es la que ha quedado más grabada en el imaginario colectivo.

    Un saludazo, Wittmann.

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    1. Buenas C S Peinado.

      Desde luego que no deja indiferente puesto que Chaplin, puede discutirse si de un modo acertado o no, se implica a fondo en el tema y es precisamente ese punto la raíz de la fama alcanzada por esta cinta. Creo que, además, visto el resultado final de la contienda muchos productores y cineastas se han sumado "al carro" de Chaplin pero con la particularidad de que se olvidan de que "El gran dictador" es cine propagandístico y que la Segunda Guerra Mundial finalizó en 1945. Un poco de seriedad en el tema no sobra.

      He de decir que, aunque parezca lo contrario, es una película que todo aficionado a la SGM tiene el imperativo de verla por la visión que aporta desde el marco temporal del conflicto. Algo que ni Spielberg ni nadie puede conseguir.

      Un saludo.

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  3. Muy buenas Herr Wittman, te devuelvo la visita por tu interesante blog. Lo cierto es que debo discrepar sober la lectura de tu crítica sobre El gran Dictador, intentando aportar otra óptica difernete. Creo que la crítica al totalitarismo y fasciscmo es brutal, nos enseña lo absurdo de la guerra primero y de la represión después. Las dramáticas consecuencias que estos regímenes despliegan con efectos devastadores como denominador común.
    Respecto de su humor, estoy completamente de acuerdo contigo, es el humor de lo absurdo, irónicamente paralelo al absurdo que rodea a una dictadura, especialmente una con las características de la Alemania Nazi. Y es que ¿qué mejor humor que el absurdo para la crítica más brutal y feroz? Porque es un humor con el que parece que no se dice nada, que todo es tontorrón y evitable, cuando realmente son pasos perfectamente planeados. Los Hermanos Marx, Laurel y Hardy, Charlotte aquí, Jerry Lewis o Buster Keaton son grandes ejemplos.
    Pienso que el valor de esta cinta y el motivo por el que pasa a la Historia es como alegato antibelicista y antitotalitario, un canto a la libertad y al absurdo de la guerra y los bigotitos autoritarios.

    Un saludo Wittman, de nuevo una muy interesante crítica.

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    1. Hola Piru.

      Agradezco tu comentario y, sobre todo, por dejar caer tu opinión discrepante. Nunca he pretendido que mis comentarios se erigiesen en doctrina incólume.

      Yendo a lo que comentas estoy esencialmente de acuerdo pero creo que, en suma, tenemos una percepción distinta de una misma cuestión. No es descabellado ver en el más burdo humor una crítica al totalitarismo. Sin embargo, no creo que sea ese el propósito toda vez que este tipo de cine propagandístico tiene por cometido calar en la mente hasta de la gente menos ducha en cuestiones políticas, y no tanto el acervo crítico. Es por ello que, en ese sentido, se omiten además cuestiones históricas complejas o no convenientes como las que apunto de las democracias occidentales (que no lo eran tanto) o el omitir la alusión del pacto de Hitler y Stalin (a la postre, futuro aliado de Estados Unidos). Es decir, todo es como su humor: simple y escueto. Sea como fuere creo que, además de tratarse de una crítica, mordaz en mayor o menor medida, tiene cierto valor que trasciende en el tiempo (y en eso sí me parece buena) dado que me provoca una enorme desazón moral recordar el épico discurso final y ver el mundo actual. No ha llegado el "mundo de la razón" por el que el barbero judío clamaba.

      Un saludo.

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  4. Discrepo de Piru. La película no es, al menos exclusivamente, un alegato antibelicista y antitotalitario, sino pura propaganda antinazi, como bien señala Wittmann. ¿Está justificada dicha crítica al nazismo a través de la parodia y el "humor"? Eso dependerá de la ideología de cada cual.
    Toda crítica debe sustentarse en argumentaciones de razón, pero cuando solo se apela a la irracionalidad emocional (como en el caso de "El Gran Dictador") dicha crítica (propaganda en realidad) solo cabe interpretarse en clave de manipulación cargada de evidentes sesgos ideológicos. De hecho, el humor, el surrealismo absurdo, las parodias o las analogías sarcásticas, son recursos psicológicos que "burlan" con facilidad la lógica racional y saben cómo influir y modelar los esquemas cognitivos de la masa común, siempre emocional, irracional y visceral; son estrategias que saben, en definitiva, cómo originar emociones, primero, para después traducirlas en pensamientos o creencias inamovibles.
    Wittmann apunta acertadamente a los bolcheviques como maestros del cine propagandístico, y es que los mayores avances en técnicas de condicionamiento operante y reflexología piscológica se dieron en la extinta URSS, seguramente con el único fin de adoctrinar a las masas.

    Saludos

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  5. Buenas Apañó.

    Lo que está claro, en el sentido que apunta Piru, es que "El gran dictador", asépticamente contemplada en el seno del cine propagandístico, es una gran película pues explota como casi ninguna los requisitos de esta suerte de cine. Ahora bien, tal y como arguyes, desde una visión más distante uno no puede negar lo evidente acerca de lo absurdo y torticero de su humor, la escasa creatividad (el propio Chaplin afirmaba que no fue esta precisamente su mejor película) así como sobre la nulidad histórica en la que ampara su trama, dado que, entre otros muchos extremos, no se dice ni satiriza a la URSS que en la época de la producción del film también había tomado Polonia (hecho causante de la contienda). Y es que, en suma, no puede dejarse de lado a la hora de la valoración las circunstancias objetivas ni enaltecer una creatividad, por momentos mediocre, en función de quien sea el objeto de la sátira.

    Un saludo Apañó.

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